ARGENTINA BAJO DISPUTA · Primera Entrega
No voy a defender la Argentina blanca
Sí, quiero que gane Argentina. Eso no me obliga a negar el racismo argentino ni a defender la Argentina blanca. La ausencia de jugadores negros en la selección importa. Pero convertir una formación futbolística en prueba de que Argentina es una nación homogéneamente blanca reproduce el borramiento que se pretende denunciar.
El 7 de febrero de 2026, Anamá Ferreira, una modelo, actriz, conductora y empresaria brasilera radicada hace décadas en Argentina, afirmó en televisión que la selección argentina “es la única que no tiene un negro”. Su intervención se produjo en un debate sobre el caso de Agostina Páez, una abogada argentina detenida en Brasil acusada de injuria racial, y dentro de una discusión más amplia sobre el racismo y la escasa representación de personas racializadas en espacios de poder y visibilidad. Leída con atención, su afirmación contiene una pregunta sumamente relevante: ¿por qué la selección nacional no tiene jugadores visiblemente negros? No fue simplemente una provocación contra el país, sino un señalamiento sobre qué cuerpos pueden aparecer como representantes indiscutibles de Argentina ante el mundo.
Cinco meses después, el 3 de julio, durante el partido del Mundial entre Argentina y Cabo Verde en Miami, una persona que vestía una camiseta argentina aparentemente dirigió contra el streamer IShowSpeed una expresión racista que lo remitía al zoológico. Según los videos difundidos, la agresión incluyó también un insulto homofóbico. La FIFA anunció el 7 de julio que investigaría el incidente.
Estos episodios no son equivalentes.
Una cosa es preguntar por la ausencia de jugadores negros en la selección. Otra es agredir racialmente a una persona negra. Una cosa es preguntar(se) qué cuerpos pueden representar a Argentina y otra es convertir una conducta individual, una formación o una camiseta en prueba de que toda persona argentina comparte una misma esencia moral.
La primera es una pregunta política urgente, sobre todo para quienes somos argentines. La segunda es una conducta racista concreta. La tercera es una generalización que no estoy dispuesta a aceptar y pienso que quienes me leen tampoco deberían estarlo.
No utilizaré el hate contra Argentina para desactivar las preguntas sobre el racismo. Pero tampoco utilizaré la indiscutible existencia del racismo argentino para validar cualquier acusación dirigida contra una selección, una población o una nacionalidad. Con esto quiero dejar claro que no vengo a defender la Argentina blanca. Ahora bien, tampoco voy a aceptar que la mejor manera de denunciarla sea tratarla como si realmente existiera tal como fue imaginada por quienes intentaron fabricarla.
Por supuesto quiero que Argentina gane el Mundial y ver la cuarta estrella brillar en la camiseta. No lo digo como confesando algo de lo que me tendría que avergonzar o como un certificado de autenticidad. Lo digo porque los afectos también forman parte de la posición desde la cual se escribe.
El fútbol habita en recuerdos familiares, migraciones, amistades, barrios, cábalas, llamadas telefónicas y ausencias. Para muchas personas, como yo por ejemplo, una selección no es primero una teoría política sobre la nación. Es una especie de memoria corporal que nos hace sentir parte de los lugares y amores que habitamos: dónde estabas durante un gol, quién estaba contigo, a quién abrazaste, con quién lloraste las finales que perdiste o con quién quisieras poder festejar.
Esa alegría no es inocente por naturaleza y claro, el Estado puede administrarla, los gobiernos pueden explotarla, puede transformarse en chauvinismo y utilizarse para silenciar conflictos. Lo anterior no significa que no pueda exceder a quienes pretenden apropiársela.
Querer que gane Argentina no me obliga a negar el racismo argentino, ni convierte todo cuestionamiento a la selección en un ataque contra mí.
No llamaré hate a la denuncia de una agresión racista, de una canción de cancha, de una ausencia visible o de una institución excluyente. No pienso que se deba llamar hate a la crítica de Javier Milei, de la AFA, de la FIFA o de las posiciones públicas de un futbolista. Quiero reservar hate para otra operación: la transformación de la nacionalidad argentina en un defecto moral colectivo; la presunción de que cualquier persona argentina es racista, fascista o sionista antes de examinar sus actos, posiciones y relaciones concretas.
Quiero que la selección gane pero eso no decide de antemano qué hechos estoy dispuesta a reconocer. Ahora, no voy a aceptar que celebrar un gol o un campeonato se trate como una admisión de complicidad con todo lo que ha hecho el Estado argentino, su gobierno o sus instituciones.
Cuando alguien afirma que “la selección argentina no tiene negros”, generalmente no está examinando la genealogía, la identidad ni el autorreconocimiento de cada futbolista. Está diciendo que no ve jugadores visiblemente negros o socialmente leídos de inmediato como negros. Es una observación que nos obliga a hablar de representación porque, sin duda, importa quién puede llevar una camiseta y aparecer ante millones de personas como una encarnación indiscutible de la nación. Es fundamental problematizar quiénes están presentes en una institución que produce prestigio, pertenencia y reconocimiento, y también, quiénes no aparecen.
Por eso pienso que la respuesta no puede ser que una selección nacional “no es un censo”. Es cierto que la selección no escoge para reproducir estadísticamente la composición demográfica del país, pero tampoco es un mero accidente. Es el resultado de un proceso selectivo compuesto por clubes, ligas, divisiones inferiores, entrenadores, representantes, redes territoriales y decisiones institucionales. Nos podemos cuestionar su composición y la ausencia de jugadores visiblemente negros. Ahora, esa ausencia, por sí sola, no puede explicar toda la estructura racial argentina ni tampoco demostrar cuál es el mecanismo que produjo la composición del equipo.
El politólogo y activista afroargentino Federico Pita propone analizar lo que denomina “racismo criollo” mediante tres operaciones relacionadas: invisibilización, negación y extranjerización. También distingue los niveles estructural, institucional e interpersonal del racismo. Su formulación permite abandonar la discusión estéril sobre si Argentina puede ser racista aunque no haya reproducido exactamente el modelo estadounidense de plantación y segregación.
La invisibilización expulsa la presencia afro de la historia, los medios, las instituciones y la imagen pública del país. La negación sostiene que el racismo no constituye un problema argentino, que las personas negras desaparecieron o que el mestizaje disolvió las jerarquías raciales. La extranjerización interpreta los cuerpos negros como incompatibles con la argentinidad. La pregunta “¿de dónde sos realmente?” no siempre busca información biográfica. Puede expresar una sospecha: si sos negra, no podés ser completamente argentina.
Desde este marco, la frase “la selección no tiene negros” puede intervenir de maneras muy diferentes. Puede denunciar una invisibilización: ¿por qué no vemos jugadores negros representando a Argentina? Pero puede también reiterar la negación: no los vemos porque Argentina no tiene personas negras. Y, además, puede reproducir la extranjerización: los cuerpos que aparecen en la selección son los argentinos verdaderos; los cuerpos negros pertenecen necesariamente a otro lugar. Piensen, por ejemplo, en la bochornosa canción creada por hinchas argentinos durante el Mundial de Qatar 2022 y entonada por Enzo Fernández y parte del plantel en los festejos de la Copa América 2024: “Escuchen, corran la bola, juegan en Francia pero son todos de Angola”. Y cuidado, porque el problema no es la pregunta sobre representación. El problema es que lo que aparece en una cancha se convierta en la frontera definitiva de quién existe dentro del país.
Pero aguantemos ahí. Rechazar una clasificación racial que se hace desde una fotografía de la selección no significa afirmar que el color de piel sea irrelevante. La raza no es una verdad biológica, pero la racialización actúa sobre cuerpos reales. El color, los rasgos, el pelo, el acento y otros signos interpretados socialmente modifican la forma en que una persona atraviesa el mundo.
No todas las personas afrodescendientes viven el racismo de la misma manera. Una persona afrodescendiente de tez clara puede experimentar el borramiento de su genealogía, la negación de su identidad o la obligación de demostrar permanentemente su pertenencia. Una persona de piel oscura y socialmente leída de inmediato como negra puede experimentar esas formas de negación y, además, una hipervisibilidad racial: insultos directos, sospecha, exotización, animalización y la presunción de que necesariamente es extranjera.
El colorismo permite nombrar cómo la proximidad fenotípica a la blancura distribuye protecciones, oportunidades y vulnerabilidades de manera desigual. La investigación comparada en América Latina demuestra que el tono de piel puede producir desigualdades que no siempre son captadas adecuadamente por las categorías censales de autoidentificación. Reconocer que la afrodescendencia no posee un único fenotipo tampoco puede servir para diluir la violencia específica que reciben las personas de piel más oscura y la antinegritud.
La obra de teatro documental Afroargentinas, escrita y protagonizada por Florencia Gomes y Jesica Salinas Lamadrid, con adaptación y dirección escénica de Ivanna Smolar, reconstruye historias personales y familiares mediante archivos, recuerdos y cartografías afectivas. No se limita a narrar experiencias de discriminación: produce autorrepresentación frente a un relato nacional que presenta la afroargentinidad como ausencia, pasado o extranjería.
Gomes y Salinas Lamadrid han narrado las agresiones racistas que sufrieron desde la infancia, las estrategias que emplearon para reducir su visibilidad y las preguntas recurrentes sobre su supuesto origen extranjero. Sus experiencias muestran cómo un cuerpo puede resultar hipervisible como negro e invisible como argentino.
Pero ojo. No son únicamente testimonios de dolor. La obra propone otra forma de producir conocimiento: recuperar archivos familiares allí donde el archivo nacional borró, crear memoria desde los afectos, vincular la experiencia cotidiana con la historia estructural y construir imágenes propias allí donde la representación dominante solo ofrecía silencio, exotización o negación.
La periodista afroargentina Marilina Lizárraga formula una pregunta decisiva: ¿dónde están las personas afrodescendientes en los medios, en los espacios culturales y en las mesas donde se decide qué historias merecen contarse? Su análisis no depende de encontrar una orden explícita que diga “no contraten personas negras”. Describe un racismo que opera mediante patrones: ser la única persona afrodescendiente dentro de un espacio profesional, ser convocada únicamente para hablar de “temas afro” o ver cómo los medios prefieren opinar sobre comunidades negras sin llamar a personas negras con conocimiento sobre el asunto.
No basta con incorporar voces afroargentinas como fuentes que confirmen una teoría elaborada desde Estados Unidos. Es indispensable reconocer que esas voces son las que están produciendo las categorías con las cuales puede comprenderse el problema. La ausencia no demuestra que falten personas capaces, ni que todes nos mezclamos, pero sí puede revelar quiénes acceden y controlan los espacios de visibilización y poder.
Esta distinción sirve también para pensar la selección. Que no veamos jugadores visiblemente negros no prueba que Argentina carezca de población negra, pero tampoco podemos asumir que esa ausencia carece de significado.
El fútbol argentino no puede describirse como un espacio reservado exclusivamente a las élites económicas blancas. Su popularización durante las primeras décadas del siglo XX estuvo relacionada con la formación de sectores populares urbanos y con la proliferación de clubes creados por jóvenes, muchos de ellos hijos de inmigrantes, que construyeron identidades alrededor del barrio, la cuadra, la esquina y el potrero. El fútbol fue, desde ese momento, un espacio de producción de vínculos locales y también de incorporación conflictiva de símbolos nacionales.
Esa tradición continúa en las trayectorias de numerosos jugadores de selección. Según Infobae, la estructura del fútbol argentino se apoya sobre una red de más de 12.000 clubes de barrio distribuidos en todo el país. Lionel Messi comenzó en un club de barrio de Rosario; Leandro Paredes en clubes de baby fútbol de San Justo; Nicolás Otamendi en Villa Real y Barrio Nuevo de San Fernando; y Germán Pezzella en Kilómetro Cinco y Juventud Unida de Algarrobo, antes de ingresar en estructuras profesionales. La selección de 2026 combina futbolistas formados en barrios del Gran Buenos Aires, clubes de baby fútbol, pueblos y ciudades medianas del interior, particularmente en provincias como Santa Fe y Córdoba.
Aunque este dato impide explicar la composición visual de la selección como el simple resultado de una barrera económica que reserva el fútbol profesional para una élite blanca y adinerada, también es cierto que no podemos escudarnos en esto para reclamar que sea un sistema racialmente neutral.
¿Por qué? Porque clase y racialización no son equivalentes. Los sectores populares argentinos también están atravesados por jerarquías de color, origen, territorio y nacionalidad. Un espacio puede ser popular y comunitario y, al mismo tiempo, reproducir antinegritud, extranjerización o desigualdades en el reconocimiento. Nadie pone en duda que los clubes de barrio pueden ser lugares de pertenencia, solidaridad, formación y experiencia colectiva. No existen, sin embargo, fuera de las relaciones de poder de la sociedad en la cual funcionan.
Por eso, reconocer el origen popular de numerosos jugadores no debe utilizarse como absolución: “si vienen de abajo, entonces no puede haber racismo”. Tampoco debe ignorarse para sostener la caricatura contraria: “la selección está formada por blancos ricos reclutados entre las élites”. Ninguna de esas afirmaciones describe adecuadamente el problema porque la pregunta es mucho más compleja.
¿Cómo operan las jerarquías raciales dentro de un sistema futbolístico profundamente popular, barrial y territorial?
La selección presenta una composición fenotípica que suele leerse como blanca y que coincide con la imagen dominante de la Argentina blanca. Esa coincidencia es políticamente significativa. Sin embargo, el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas de 2022 registró 302,936 personas que se reconocieron afrodescendientes o declararon tener antepasados negros o africanos. Representaban el 0,7 % de la población en viviendas particulares. Ese dato refuta la afirmación literal de que en Argentina no existen personas afrodescendientes.
El censo combina autorreconocimiento y ascendencia declarada pero no mide cuántas personas son socialmente leídas como negras. Tampoco puede utilizarse como argumento exculpatorio: que solo el 0,7 % se reconociera afrodescendiente o declarara esa ascendencia no convierte a la selección en un reflejo razonable de la demografía argentina.
La intelectual y activista afroargentina Miriam Gomes propone comprender la presencia afroargentina no desde la pasividad de una población “desaparecida”, sino desde la continuidad de sus organizaciones, sus estrategias de inserción y sus formas de resistencia. Entre los mecanismos de invisibilización, Gomes identifica la extranjerización; la folklorización; la infantilización y animalización; la apropiación nacional de aportes culturales afro, una vez separados de su pertenencia comunitaria; y el silenciamiento de la memoria colectiva.
La Diáspora Africana de la Argentina organiza su trabajo alrededor de dos propósitos centrales: visibilizar la historia y la actualidad de la afrodescendencia argentina y combatir el racismo en todas sus formas. Su existencia no es una nota al pie del relato nacional. Demuestra que las personas declaradas ausentes han producido comunidad, pensamiento, memoria y acción política contra su propio borramiento.
Emanuel Ntaka lo formula de una manera que corrige una de las narrativas más persistentes: sectores de poder quisieron borrar la presencia afro de la historia argentina, pero no consiguieron eliminarla. El proyecto de blanqueamiento fue poderoso; no fue total.
La Argentina blanca no debe tratarse como una descripción natural de la población. Es una forma histórica de organizar la pertenencia. Una nación que se imaginó moderna porque se imaginó europea y lo incluyó en el Artículo 25 de su Constitución, que dispone: “el Gobierno Federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes”. Una historia oficial que convirtió a las personas afrodescendientes en figuras coloniales, restos folklóricos o poblaciones extinguidas. Una estructura capaz de apropiarse de palabras, músicas y prácticas culturales afro mientras separaba esas producciones de las comunidades que las sostuvieron. Una pedagogía que enseñó a reconocer determinados cuerpos como inmediatamente argentinos y a interrogar a otros sobre su procedencia, con un prócer que apostaba a lo europeo como la civilización y a los pueblos originarios como barbarie, en su nombre se celebra el Día del Maestro. Por eso, afirmar que Argentina fue construida como una nación blanca es una tesis histórica y política. Ahora, afirmar que Argentina es realmente una nación homogéneamente blanca es aceptar el resultado que aquel proyecto quiso producir.
Un comentario en redes sociales no posee el mismo poder que el Estado. Estoy convencida de que no debemos establecer una equivalencia entre una generalización irresponsable y los procesos históricos de esclavización, despojo, clasificación, silenciamiento y exclusión institucional. Pero claro, un discurso sin poder estatal puede heredar las categorías producidas por el Estado. Puede mirar la invisibilidad pública y concluir que no existe nadie detrás de ella. Puede decir que la Argentina blanca es una ficción racista y, en la misma frase, tratarla como una descripción demográfica verdadera.
Puede denunciar que el Estado borró a las personas negras y luego hablar como si ese borramiento hubiese sido completo. Ahí la crítica reitera uno de los resultados del proyecto que cuestiona. No porque produzca el mismo daño o porque posea la misma responsabilidad, sino porque vuelve a colocar fuera de Argentina a las personas que llevan generaciones disputando su derecho a ser reconocidas dentro de ella.
La afirmación “Argentina no tiene negros” no puede ser nuestra explicación del racismo argentino porque es uno de los productos de ese racismo.
La antinegritud y el racismo contra los pueblos originarios tampoco son intercambiables. El proyecto de nación blanca necesitó negar ambas presencias, pero lo hizo mediante historias, instituciones y violencias distintas. El Censo de 2022 registró 1,306,730 personas que se reconocieron indígenas o descendientes de pueblos indígenas u originarios, equivalentes al 2,9 % de la población en viviendas particulares. Esa categoría censal no agota las identidades, pertenencias comunitarias ni formas de organización indígena, pero contradice la imagen de un territorio homogéneamente europeo.
La poeta mapuche-tehuelche Liliana Ancalao nombra el mapuzungun como un “idioma silenciado”. Su formulación no describe una lengua que perdió vitalidad por accidente, al contrario. Relaciona ese silenciamiento con el genocidio, la ocupación territorial, la escolarización forzada en español, el estigma y la interrupción de la transmisión entre generaciones.
El historiador qom Juan Chico, junto con Mario Fernández, reconstruyó las memorias de la Masacre de Napalpí a partir de los relatos comunitarios y las voces de personas sobrevivientes en Napalpí: la voz de la sangre. Chico continuó investigando la masacre, entrevistó a sus últimos sobrevivientes y logró que sus testimonios fueran incorporados al juicio por la verdad. Su trabajo disputó quién tiene autoridad para producir el archivo y narrar la historia argentina.
Estas voces amplían la pregunta. La nación blanca no se fabricó únicamente mediante la negación de la presencia africana. También necesitó convertir a los pueblos originarios en pasado, obstáculo, minoría administrada o población ajena al proyecto civilizatorio. Pero eso no significa que esas experiencias se puedan fusionar bajo una categoría indiferenciada de “personas no blancas” porque la violencia antinegra posee formas específicas. El despojo territorial y el racismo contra los pueblos originarios poseen historias y expresiones propias. La racialización de las distintas poblaciones migrantes tampoco puede reducirse a una sola experiencia. Las relaciones deben estudiarse sin borrar las diferencias.
Reconocer que la nación blanca es una construcción no vuelve inocentes a sus instituciones. No explica por sí solo la composición racial de la selección. No convierte una agresión racista en una diferencia cultural. No transforma el mestizaje en igualdad. No convierte el origen popular de un futbolista en prueba de que el sistema que lo formó carece de jerarquías raciales. No absuelve a una hinchada, a la AFA, a los clubes ni a los medios de comunicación. Tampoco obliga a aceptar que “Argentina” designe una personalidad colectiva con una sola ideología.
Una persona que lleva una camiseta argentina puede cometer una agresión racista. Una institución argentina puede excluir. Una selección puede reproducir una imagen restrictiva de la nación. Un gobierno puede promover discursos racistas, autoritarios o colonialistas. Ninguna de esas afirmaciones necesita convertirse en la teoría de que toda persona argentina comparte la misma esencia. La opresión sistémica no es una suma de maldades individuales. La nacionalidad tampoco es una herencia moral.
Una respuesta liberal podría proponer una Argentina más inclusiva: más cuerpos representados, más identidades reconocidas y una fotografía nacional más diversa. Esas transformaciones importan materialmente porque la representación, el acceso y el reconocimiento tienen consecuencias reales. Pero no son el horizonte final de un mundo por construir. Pienso que no solo debemos preguntarnos quién debe incorporarse a la nación. Es fundamental preguntarnos quién adquirió el poder de definirla. El Estado clasifica mediante censos, documentos y fronteras. La escuela selecciona las historias que se convertirán en memoria. Los medios administran la visibilidad. La policía decide qué cuerpos producen sospecha o deben enjaularse. Los clubes forman, seleccionan y descartan. La AFA y la selección administran una representación internacional de Argentina. Ninguna de esas instituciones representa de manera transparente ni agota a las comunidades, pueblos y personas que habitan el territorio administrado por el Estado.
No busco una nación purificada de contradicciones para poder quererla sin culpa. Busco cuestionar la autoridad de quienes se presentan como sus únicos representantes.
Por eso puedo querer que Argentina gane sin aceptar que Milei sea Argentina. Puedo celebrar a la selección sin tratarla como un censo. Puedo reconocer el origen popular y barrial de numerosos jugadores sin convertirlo en un certificado de igualdad racial. Puedo rechazar el hate sin negar la antinegritud. Puedo reconocer que la ausencia de jugadores negros importa sin asignar identidades raciales a futbolistas desde la pantalla de mi televisor. Y puedo y quiero dejar abierta una pregunta urgente y necesaria.
“La selección argentina no tiene negros” puede ser el comienzo de esa conversación imprescindible, no puede ser su conclusión. Debe conducirnos a preguntar por las personas negras que enfrentan formas específicas de antinegritud; por las diferencias que produce el color dentro de las comunidades afrodescendientes; por los mecanismos que vuelven extranjera a una persona nacida en Argentina; por las instituciones que distribuyen visibilidad y acceso; y por los circuitos populares y barriales que conducen, o no, a un futbolista hasta la selección nacional.
También debe obligarnos a reconocer lo que desconocemos. No sabemos todavía por qué la selección posee esta composición. Sí sabemos que una formación no contiene la totalidad de una sociedad. También sabemos que más de 300,000 personas se reconocieron afrodescendientes o declararon ascendencia negra o africana. Sabemos que las comunidades afroargentinas llevan décadas produciendo organizaciones, archivos, arte y pensamiento contra la narrativa de su inexistencia. Sabemos que las personas visiblemente negras enfrentan violencias específicas que no deben disolverse en una celebración abstracta del mestizaje. Sabemos que el fútbol argentino tiene raíces populares, barriales y comunitarias. Y sabemos que lo popular no existe fuera de las relaciones raciales, territoriales, de género y de poder.
La Argentina blanca no fue un dato demográfico neutral. Fue un proyecto que consistió en convencer al país y al mundo de que Argentina era blanca y el antirracismo no puede limitarse a repetir esa descripción con un signo moral negativo. Debe mostrar cómo fue producida. A quiénes expulsó de la imagen. Qué instituciones continúan reproduciéndola. Qué experiencias diferenciadas organiza. Y quiénes siguen existiendo, creando memoria y disputando poder a pesar de ella.
No voy a defender la Argentina blanca.
Tampoco voy a permitir que el hate me obligue a creer en ella.
Y sí, quiero que gane La Scaloneta… ¡Vamos Argentina



