La cárcel llega después, primero viene el abandono.
Una política abolicionista y feminista no niega el daño. Exige una conversación más honesta sobre sus causas.
Lo primero que hay que decir es que lo que le ocurrió a Chris Ezequiel es un horror. Un niño de cinco años muerto a puñaladas por su padre la víspera de Reyes. Eso es devastador en cualquier contexto. Ningún análisis que valga la pena puede comenzar sin reconocer ese daño.
Pero precisamente porque ese daño importa, no podemos limitar el análisis a un acto monstruoso y excepcional. Un asunto de mera voluntad individual.
En la vista preliminar del 30 de enero de 2026, la cual vi completa, el fiscal Soto Fantauzzi preguntó: “¿En qué sistema de justicia viviríamos si el señor Cristian Serrano Rosario no responde y no es separado permanentemente de la sociedad por el crimen violento que se suscitó por haber atentado contra su propia sangre?”
Al otro día, en entrevista con la periodista Milly Méndez, el fiscal Rivera Millán añadió otra capa: “La pregunta que debe hacerse todo el mundo es si una persona que voluntariamente deja de tomarse sus medicamentos y por el contrario hace uso de sustancias controladas y otras drogas y asesina a su hijo, esa persona puede venir a reclamar que no le caiga todo el peso de la ley porque no es por todas las drogas que consumió sino por capacidad.”
Dos fiscales. Dos declaraciones públicas. El mismo marco: un sujeto autónomo y libre que eligió convertirse en lo que es. Eso no es solamente un argumento penal. Es una narrativa política. Profundamente política. Cuando la respuesta pública, estatal y mediática construye un monstruo, ocurre algo muy específico: la persona acusada aparece como una anomalía moral. Y el Estado desaparece de la escena. Ya no es necesario hablar de abandono, de desigualdad, de salud mental, de consumo problemático de sustancias, de reducción de daños ni de ruptura de redes de cuidado.
Ese monstruo, que los medios de comunicación y la fiscalía construyen juntos, absuelve al Estado. Si la violencia proviene de un ser excepcional, ajeno, incomprensible, radicalmente otro, humanamente incomprensible, entonces no hay condiciones sociales que examinar. No hay política pública que haya fallado. No hay sistema que reparar. Solo hay que separar al monstruo y seguir adelante. Eso es lo que hace la figura del monstruo: despolitiza la violencia.
Por eso, el fiscal Rivera Millán enfatiza la “voluntariedad”. Voluntariamente dejó de tomar sus medicamentos y voluntariamente consumió sustancias. La palabra sirve para castigar, no para tratar de comprender qué pasó esa Víspera de Reyes. Porque en contextos de sufrimiento psíquico, tal como hemos visto y se ha discutido en los medios en este caso, pobreza, aislamiento, consumo problemático de sustancias, desempleo y discontinuidad de los servicios, hablar de voluntad como si existiera en el vacío es una ficción demasiado cómoda.La voluntad no existe fuera del contexto.
Lo que sabemos de este caso es que en 2024, Christian Serrano Rosario ingresó involuntariamente al Hospital Panamericano. La mamá del menor y compañera de Christian en ese momento solicitó una orden 408. Es decir, había señales e intervenciones previas, así como un Estado que estuvo en contacto con dicha situación. Preguntar por qué una persona con un diagnóstico de esquizofrenia descompensada dejó de tomar sus medicamentos, sin preguntar quién lo acompañaba, qué apoyos existían, qué pasaba en su vida material, es hacerle la pregunta equivocada al sujeto equivocado.
La madre del niño salió a comprar medicamentos porque este tenía fiebre. Ella proveía y cuidaba. Cuando regresó, Christian no estaba; la puerta estaba cerrada y en su cuarto encontró a su hijo muerto.Esa imagen lo dice todo: una mujer cargando sola con el trabajo de sostener una familia material y emocionalmente. Un padre con un diagnóstico grave, sin redes de apoyo ni acompañamiento del Estado. Un niño cuya seguridad dependía de que esas redes estuvieran allí. Pero como las redes son inexistentes, el fiscal opta por hablar de voluntad individual.
Entonces, ante el abandono estatal, se evaden preguntas imprescindibles: ¿Qué acceso real hubo a tratamiento? ¿Qué redes sostuvieron o no sostuvieron? ¿Qué formas de abandono precedieron la crisis? ¿Qué hizo el Estado antes del daño, además de prepararse para castigar después? Sin esas preguntas, la conversación se queda en la monstruosidad individual; no hay necesidad de sostener la vida ni de transformaciones políticas. Todo queda igual. ¿Es ese el sistema de justicia del que habla el fiscal?
No estoy argumentando que nada debería pasar ni que se ignore el daño. Estoy proponiendo qué deberíamos mirar y por qué y quiénes más deberían participar en esa conversación. Decir que hay que mirar el abandono, la precariedad y la ausencia de cuidados no borra la brutalidad de lo ocurrido. No disminuye la pérdida irreparable de un niño. No niega el dolor de su familia.
No se trata de explicar para absolver; se trata de explicar para comprender, para rechazar la comodidad de las salidas fáciles que no transforman nada. Porque los diagnósticos no aparecen en el discurso fiscal para que se comprendan. Aparecen solo para descartarlos o decir que no hablarán de ellos. El consumo problemático de sustancias no se analiza para comprender cómo se da. El fiscal únicamente lo utiliza para hablar de “voluntariedad” y para endurecer la condena social y moral.
Todo lo demás, cómo se deteriora una vida antes de romperse, queda fuera de la escena.
Por eso, esto no va de negar el daño. Va de buscar una conversación más honesta sobre sus causas. Preguntar qué condiciones hicieron posible la tragedia y por qué el Estado siempre parece más dispuesto a encerrar que a sostener la vida es una pregunta urgente.
Una cárcel no va a tratar la esquizofrenia de Christian Serrano. No va a devolverle la vida a Chris Ezequiel. No va a crear los servicios de salud mental comunitaria que no existen. No va a construir las redes de cuidado que esta familia no tuvo. No va a cambiar nada de lo que hizo posible que esto ocurriera. Lo que hace la cárcel es cerrar la conversación. Meter al monstruo adentro y seguir igual. Negarse a confundir el castigo con la justicia me parece una posición política indispensable. Lo digo porque, mientras sigamos creyendo que la violencia proviene de monstruos excepcionales, seguiremos negando las condiciones que la incuban y, cuando negamos las causas, nada cambia. Solo repetimos el ciclo: abandono primero, castigo después y la ilusión de que basta con eso.
Chris Ezequiel merece algo más que esa ficción. Merece que miremos de frente lo que lo mató: todo lo que no estuvo cuando tenía que estar.
Conversemos más allá del castigo.



