ARGENTINA BAJO DISPUTA - Cuarta Entrega: Messi no es mi referente político.
¿Por qué necesitamos convertir en referentes políticos a las personas que nos emocionan?
El Mundial terminó el 19 de julio, poco más de dos semanas antes de esta publicación. Me tomé un descanso para botar el golpe. Messi ya volvió a jugar con el Inter Miami, y Ferran Torres sigue dando entrevistas sobre el gol del minuto 106 que convirtió a España en campeona del mundo. También tuvo que explicar la gorra roja que llevó durante los festejos en Madrid. Decía “Make Spain Great Again”. Según contó el 4 de agosto, no quiso hacer una declaración política: fue una broma con su gente, una forma de celebrar que España había llegado a lo más alto. Tremenda forma de festejar la de Ferran.
La explicación llegó tarde: el símbolo ya había empezado a circular por su cuenta. La Casa Blanca celebró la gorra como una extensión de MAGA y Trump compartió varias veces el video. Ferran dijo que no había querido hacer política. Para entonces, otros ya habían usado la gorra para hacerla. ¡Es peligroso no saber de política!
Una gorra no vuelve trumpista a toda la selección española, y nadie que celebró la copa debería tener que presentar una defensa de Ferran antes de recordar el gol del minuto 106. Yo lo recuerdo y me duele, pero ese es otro tema. La intención del jugador importa; el significado público de la gorra ya no dependía solo de él. El gesto fue torpe y políticamente aprovechable. Ferran, aun así, no es la conciencia de España.
Esa distinción, tan sencilla cuando se trata de España, desapareció con una facilidad asombrosa cuando el señalado fue Messi.
El 5 de marzo de 2026, Messi visitó la Casa Blanca junto al Inter Miami para celebrar el campeonato de la MLS. Trump abrió la ceremonia hablando del ataque militar de Estados Unidos e Israel contra Irán. Cuando terminó esa parte del discurso, el salón aplaudió. Messi también. La grabación oficial lo muestra sumándose al aplauso. Hasta ahí llega lo verificable.
¡Y claro que me dio mucha bronca verlo!
No hace falta inventarle una foto, atribuirle una declaración que nunca dio ni recortar un viaje de hace trece años. Estuvo en la Casa Blanca y aplaudió después de que Trump reivindicara la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán y la presentara como legítima y exitosa. Tal vez fue inercia o cortesía; quizá ni siquiera estaba prestando atención. No puedo saberlo. Vi el gesto y me pareció terrible.
Messi no necesita mi defensa. Es millonario, tiene abogados, representantes y una maquinaria de comunicación capaz de proteger su nombre. También dispone de un margen de elección que casi nadie posee: acepta contratos, asiste a ceremonias y presta su prestigio. Decide, además, cuándo callar. Presentarlo como un chico despistado al que llevan de la mano por el mundo sería absurdo, además de condescendiente.
Sin embargo, en los días previos a la final, una parte de la conversación digital convirtió el partido entre Argentina y España en una representación del genocidio palestino. España aparecía asociada a la posición de su gobierno sobre Gaza y a los gestos propalestinos de Lamine Yamal; Argentina quedaba del lado de Milei, Netanyahu y Trump. Los vínculos de Messi con empresas e instituciones israelíes se incorporaron a esa narrativa. En el mismo espacio circularon críticas atendibles, afirmaciones sin prueba y teorías antisemitas sobre una supuesta protección judía dentro de la FIFA.
En ese sector de la discusión, querer que Argentina ganara empezó a exigir una explicación política; para algunas publicaciones, el deseo funcionó como indicio de sionismo.
Messi me cae bien. Mucho. Escribo esto y todavía siento la tentación de poner mis credenciales a continuación: soy anarquista, feminista, propalestina; no saldría a defender a un millonario. Todo eso es verdad. También es revelador que una preferencia afectiva parezca necesitar una declaración jurada para no confundirse con adhesión ideológica.
Me gusta verlo jugar. Me conmueve la forma en que encuentra un espacio que nadie más había visto, la pelota pegada al pie, esa cara de fastidio con la que atraviesa los homenajes organizados para glorificarlo. Quise que levantara otra copa y me dolió verlo llorar. Ninguna de esas cosas lo convierte en mi compañero de lucha. Mucho menos en mi referente político.
Antes de celebrar un gol, jamás consulté qué piensa Messi sobre el Estado, la policía, las cárceles o las fronteras. La emoción ocurre en otro registro. Ahora parece que debemos auditar cada afecto como si hubiéramos firmado con él un contrato de adhesión.
Ahí está la pregunta que me dejó el Mundial pero que viene resonando desde las polémicas relacionadas con Bad Bunny: ¿por qué necesitamos convertir en referentes políticos a las personas que nos emocionan?
Quizá el afecto nos vuelve vulnerables. Queremos que aquello que admiramos confirme también nuestra manera de entender el mundo. Una declaración correcta nos tranquiliza. Después llega el contrato equivocado, el saludo a alguien detestable o el silencio que no esperábamos, y ya no alcanza con criticar ese acto: empezamos a revisar todo lo sentido, como si la contaminación hubiera estado allí desde el principio.
Con Messi esa operación produjo un archivo raro. Hay hechos reales, decisiones que merecen cuestionarse, asociaciones estiradas hasta que pierden precisión y falsificaciones hechas para ubicarlo de un lado o del otro.
Durante el Mundial volvió a circular una fotografía de 2013 en la que Messi aparece frente al Muro Occidental, también conocido como Muro de los Lamentos. La imagen es auténtica. Durante la visita institucional del Barcelona, los jugadores se colocaron kipás de acuerdo con la tradición del lugar y luego fueron recibidos por Shimon Peres y Benjamin Netanyahu. El día anterior, la gira había pasado por Palestina: dirigentes del club se reunieron con Mahmoud Abbas y el equipo participó en una actividad con niños y niñas palestinas en Dura, cerca de Hebrón.
Claro, conocer el itinerario completo no vuelve inocente aquella “Gira por la Paz”. Las fotografías de reconciliación ocultan una relación colonial y una violencia que no se distribuye de manera simétrica. Lo que el contexto sí impide es presentar una visita institucional y religiosa como si fuera una declaración doctrinal de Messi.
El genocidio en Gaza también ha mostrado el costo de mezclar categorías: judío, israelí y sionista nombran cosas distintas. Visitar un sitio sagrado del judaísmo o relacionarse con una persona judía no prueba adhesión al sionismo. Esa confusión debilita la solidaridad con Palestina y reactiva una sospecha antigua: la idea de que todo vínculo judío encubre una lealtad política secreta.
Hay decisiones más serias que una fotografía.
En diciembre de 2017, SIRIN LABS anunció a Messi como embajador de marca. En una publicación corporativa posterior, la empresa sostuvo que su presencia aportaba credibilidad, legitimidad y alcance masivo, y subrayó que no se trataba de un simple permiso de uso de imagen, sino de una representación activa ante su comunidad global. Eso merece atención. Messi puso su reputación al servicio de un proyecto de tecnología blockchain; su nombre ayudó a presentarlo como confiable y a ampliar su adopción.
Tres años más tarde aceptó ser embajador de OrCam, una empresa israelí dedicada a tecnologías de asistencia para personas ciegas o con baja visión. Aquí la nacionalidad de la compañía dice muy poco por sí sola: anunciar sus productos no equivale a adoptar la política exterior de Israel. El contrato, en cambio, sí importa. Hubo dinero, elección y una cesión de prestigio que puede examinarse sin convertirla en una prueba de pureza ideológica.
El episodio que encuentro más difícil de reducir a una mera asociación ocurrió en 2019. Argentina jugó contra Uruguay en Tel Aviv después de que activistas de la campaña de boicot pidieran públicamente a Messi y a Luis Suárez que no participaran. El partido fue financiado por Sylvan Adams junto con la empresa organizadora Comtec Group. Adams explicó que quería mostrar Israel al mundo como un país “normal”, lejos de la imagen producida por el conflicto. Messi jugó y marcó de penal.
Desconozco cuánto margen tuvo Messi para escoger la sede o negociar el amistoso. Su presencia, sin embargo, era central para el valor político y comercial del evento. Eso basta para cuestionar que participara. Llamarlo sionista no añade precisión; solo simula conocer una doctrina que nunca formuló públicamente.
También me importa su silencio sobre Gaza.
Messi sigue figurando como embajador de buena voluntad de UNICEF, función que ocupa desde 2010. En 2014 publicó un mensaje sobre la niñez afectada por la violencia entre Israel y Palestina. Fue una intervención humanitaria, redactada en el lenguaje simétrico habitual de las grandes organizaciones: las niñeces no crearon el conflicto y deben protegerse. No habló de ocupación ni atribuyó responsabilidad al Estado israelí.
En septiembre de 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado, creada por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, concluyó que las autoridades y fuerzas de ocupación israelíes habían cometido y continuaban cometiendo genocidio contra la población palestina de Gaza. En junio de 2026, la misma Comisión afirmó que las autoridades israelíes continuaban cometiendo actos genocidas y documentó ataques deliberados contra niños y niñas palestinas.
Un embajador de UNICEF con el alcance de Messi pudo haber dicho algo. Me habría gustado escucharlo. Su silencio merece crítica porque aceptó un rol público vinculado a los derechos de las infancias. Sobre sus motivos solo puedo especular: cálculo comercial, indiferencia o instrucciones de su equipo. Prefiero no convertir esa lista en un diagnóstico de su conciencia.
Para resolver esa falta de definición, otras personas le prestaron palabras e imágenes.
Durante años circuló una cita según la cual Messi se había negado a jugar contra Israel porque no podía enfrentar a quienes mataban niños palestinos. Nunca la pronunció. También se fabricaron fotografías en las que sostenía una bandera palestina y otras en las que sostenía una bandera israelí. Las dos versiones partían de imágenes comerciales manipuladas.
Las falsificaciones fabricaron dos Messi incompatibles: uno propalestino, otro partidario de Israel. No importaba que se contradijeran. Cada versión ofrecía una respuesta rápida a la misma ansiedad: decidir si Messi entraba en el nosotres o debía ser expulsado.
La fabricación no se detuvo cuando España ganó. Lamine Yamal sí había ondeado una bandera palestina durante la celebración del título de Liga del Barcelona en mayo. Después de la final del Mundial circularon imágenes en las que aparecía envuelto en esa bandera, sosteniendo una kufiya o exhibiendo una bandera palestina desde la guagua de la selección. Esas escenas posteriores eran falsas, generadas o alteradas con inteligencia artificial.
Quienes crearon o compartieron esas imágenes pudieron tener motivos distintos. Al circular, sin embargo, produjeron el mismo efecto: trasladaron a la final el gesto real de mayo y permitieron leer la victoria de España como una victoria de Palestina. La copa adquirió así una claridad política que el partido nunca tuvo.
Aquí la discusión deja de tratar sobre lo que hicieron los futbolistas. El archivo de Messi crece con pruebas que lo empujan hacia la culpa; el de Lamine, con gestos que lo preservan como referente. En medio queda Ferran, con una gorra tomada del lenguaje de MAGA y una explicación posterior que pretende vaciarla de política. No estamos describiendo a esas figuras. Las acomodamos.
No quiero responder a esa arbitrariedad declarando fascista a España. Ferran eligió la gorra y luego dio su explicación. Ambas cosas pueden discutirse. Las cerca de dos millones de personas que celebraron en Madrid no tienen por qué responder por él.
Quiero la misma posibilidad para Argentina.
El aplauso en la Casa Blanca, los contratos y el silencio son decisiones de Messi. Tiene poder; corresponde discutirlas con severidad. El problema empieza cuando cada gesto suyo se usa como interpretación oficial de la selección, del país y de cualquiera que se emocione con la camiseta.
Durante años se dijo que Messi cargaba a Argentina sobre los hombros. Cada derrota era su fracaso; cada triunfo, una reparación nacional. Incluso quienes rechazan el culto al héroe recurren a esa identificación cuando necesitan que uno de sus gestos condene a millones.
Soy anarquista. No le concedo a un presidente la facultad de encarnar por completo a un pueblo. Milei gobierna Argentina, pero Argentina no cabe dentro de Milei. Sería extraño negar esa autoridad al Estado para entregársela a un futbolista.
Messi tampoco contiene Argentina.
Vivo en Puerto Rico desde hace más de dos décadas. Mi relación con el país del que migré no depende de su jugador más famoso. Cuando me pongo la camiseta entro, por un rato, en una experiencia de pertenencia. Sé que el fútbol está atravesado por el capitalismo, los Estados y la violencia. Aun así, lo que ocurre allí no cabe entero en un programa político. Al ponerme la camiseta no firmo los contratos de Messi ni adopto el proyecto de Milei.
Eso no vuelve inocente la alegría. La vuelve humana, contradictoria y compartida con personas que probablemente piensan cosas que detesto. Lo común nunca llegó con certificado de pureza.
Messi no salió limpio de este ensayo. Habría preferido que rechazara la invitación de Trump, que no aplaudiera y que usara su plataforma para nombrar el genocidio en Gaza. También quise que atendiera los llamados a no jugar en Tel Aviv. No ocurrió.
Pero la decepción no tiene por qué convertirse en una policía de los afectos. Me cae bien, aunque no confirme mi política. Puedo cuestionar una decisión suya y conservar el recuerdo de lo que sentí cuando tocó una pelota. Lo uno no corrige ni borra lo otro.
Las camisetas ya están lavadas y guardadas, aunque la bandera sigue en el balcón. Me cuesta retirarla. También pesa otro recuerdo: la anterior fue la de Palestina, y la administración del condominio me intimó a quitarla; con la de Argentina, hasta ahora, nadie ha dicho nada. Cuando vuelva a jugar la selección sacaré otra vez la camiseta. Messi hará algo que me guste y, seguramente, algo que me dé bronca. Puedo vivir con esa contradicción. Nunca fue la persona que elegí para orientarme.
Messi no es mi referente político. Nunca le pedí que lo fuera.



