Cartografía del Cuidado: Pedagogías feministas en el aula de Teoría del Derecho
Encuentro de Geografías Feministas: Resistencias desde el Caribe y el Sur Global Panel: Educación Solidaria
Comparto con ustedes la ponenencia que compartí hoy en el panel “Educación Solidaria” del Encuentro de Geografías Feministas
Mi nombre es Mariana Iriarte Mastronardo. Soy profesora por contrato del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ofrezco, entre otros cursos, el curso de Teoría del Derecho. Hoy, estoy aquí, pero me parece imprescindible decir de donde vengo. Vengo de una comunidad que está en huelga indefinida. Quiero empezar por ahí porque no tendría sentido hablar de pedagogías feministas, educación para la liberación y Teoría del Derecho, sin nombrar lo que está pasando ahora mismo en nuestros recintos. Porque, mientras estamos aquí, les estudiantes de la UPR llevan casi dos semanas con los portones cerrados en Río Piedras y un mes en Mayagüez. De hecho, el Tribunal de Mayagüez emitió un entredicho provisional ordenando abrir los portones en el RUM. El entredicho es una herramienta excepcional que, usualmente, se utiliza para juridificar procesos políticos y sociales, con lo que ello conlleva. Los otros nueve recintos se han sumado con paros de diferente duración.
El 28 de abril, el Movimiento Estudiantil de Río Piedras publicó su pliego de reclamos y quiero leerles algunos, porque dialogan y nos ayudan a entender por qué esta huelga es inseparable de la Guía que vengo a presentar. Les estudiantes le exigen a la Administración Central que no elimine ni consolide programas académicos, que mantenga los once recintos, que descongele plazas docentes y no docentes, que invierta en infraestructura y residencias estudiantiles. Rechazan un Plan Fiscal que congela el presupuesto de la UPR en 500 millones, que propone aumentos de matrícula y que pretende eliminar 13 de las 16 categorías de exenciones que aún existen. Exigen, también, que se restituya la fórmula del 9.6% del Fondo General que sostenía a la universidad antes de que la austeridad la desmantelara.
Pero hay reclamos que resuenan aún más con la Guía. Les estudiantes piden que Resicampus quede en manos del recinto y que la renta no supere los $250 mensuales. Piden que el recinto se designe como espacio santuario para migrantes y personas sin hogar y que se establezca un protocolo para proteger a estudiantes internacionales de las intervenciones de ICE. Piden que se ceda el primer piso del Centro Universitario para una cafetería social comunitaria y autogestionada. Piden que los acomodos razonables puedan solicitarse en cualquier momento del año y no solo al inicio del semestre. Cada uno de esos reclamos aparece, de alguna forma, en la Guía que mis estudiantes co-crearon el semestre pasado.
Lo que se teorizó en el salón se reclama hoy en los portones. La Guía está disponible para que ustedes mismes lleguen a sus conclusiones. Y quiero ser irreductible en esto: los derechos no pueden definirse por el Estado, los derechos los definen y consiguen las comunidades, los movimientos sociales, quienes no se conforman con el status quo. Hoy, les estudiantes están creando derecho y reivindicando el derecho a la huelga más allá del Estado. Yo, como profesora, como feminista, como abolicionista, como abogada y, sobre todo, como parte de esa comunidad, les apoyo y les exhorto a ustedes a también hacerlo.
Dicho eso, quiero comenzar con una pregunta que me acompaña cada semestre cuando entro al salón, especialmente, al de Teoría del Derecho: ¿qué hacemos con un curso diseñado para enseñar a pensar el Derecho cuando el Derecho, tal como nos lo enseñaron, fue diseñado para no pensarnos a nosotres?
Teoría del Derecho es un curso que, en su versión más tradicional, recorre el canon: el positivismo jurídico, el iusnaturalismo, el realismo, la teoría crítica. Autores que en su inmensa mayoría son hombres blancos del norte global que teorizaron desde universidades y que nunca tuvieron que preguntarse si había alumbrado público en la calle de regreso a un hospedaje, o si el casero iba a devolver el depósito, o si la guagua iba a pasar. Ojo, no vengo a decirles que ese canon no sirve, de hecho, es la espina dorsal del curso. Vengo a decirles que no alcanza y que cuando ese canon se convierte en la única forma válida de hacer teoría, se convierte en un instrumento de exclusión: decide qué cuenta como conocimiento y qué se descarta como anecdótico, como activismo o como “no suficientemente teórico”, que casi siempre coincide con los saberes de las comunidades históricamente marginalizadas.
Por eso, antes de ir a la Guía, me parece importante hablar del gatekeeping. Hay una puerta, no tan invisible, que decide qué saberes son suficientemente rigurosos, suficientemente teóricos e, incluso, suficientemente citables. Detrás de esa puerta se quedan los saberes del cuerpo, los saberes de la calle, los saberes de quien ha sobrevivido un desalojo, de quien aprendió a leer un contrato de alquiler no en la Escuela de Derecho sino cuando un casero se quedó con la fianza. Esos saberes, que son profundamente jurídicos y profundamente normativos, no entran. Se quedan afuera, junto a los cuerpos cansados, junto a todo lo que la universidad pretende que no existe, como la crisis por ejemplo, mientras exige que sus estudiantes rindan como si vivieran en condiciones dignas. Esta ponencia es sobre atreverse a abrir esa puerta. Sobre lo que pasa cuando decides que la teoría no es un ejercicio de abstracción sino, como escribió bell hooks, una práctica de liberación.
bell hooks escribió que la teoría puede ser un lugar de sanación. Que no tiene que ser ese lenguaje impenetrable que nos aleja de nuestras propias experiencias, sino una práctica de liberación, una forma de darle sentido a lo que vivimos para poder transformarlo. En Teaching to Transgress, hooks nos invita a romper con la idea de que el salón de clases es un espacio neutral donde se transmite conocimiento de arriba hacia abajo. El salón es un espacio político. Las decisiones que tomamos sobre qué enseñar, cómo evaluar, qué voces incluir y cuáles silenciamos, son decisiones profundamente políticas.
Paulo Freire, con mucha razón, nos enseñó a desconfiar de la educación bancaria, esa donde la profesora deposita contenido en la cabeza del estudiante como quien llena un pote. Freire propuso algo radical y a la vez muy sencillo: les estudiantes no son recipientes vacíos, sino sujetos de conocimiento. Que el acto educativo es un acto de co-creación. Que nadie educa a nadie, nos educamos juntes en el mundo. Esa idea, para quienes enseñamos cualquier materia relacionada al Derecho en una universidad pública caribeña marcada por la precariedad, la deuda, la austeridad, el colonialismo y la violencia institucional, no es solo una aproximación pedagógica. Es una exigencia ética. No casualmente Hannah Arendt, la filósofa política más importante del Siglo XX, definió la política como estar con otres en el mundo.
Por eso mismo, Mariame Kaba, desde el abolicionismo, nos alerta: no podemos seguir confiando en las mismas instituciones que sistémicamente producen el daño para que nos protejan del daño. Kaba insiste en que la pregunta no es “¿cómo castigamos?” sino “¿cómo prevenimos?”, “¿cómo reparamos?”, “¿cómo nos cuidamos?”. Esa pregunta, trasladada al salón, se convierte en: ¿cómo enseñamos Derecho sin reproducir la lógica punitiva que el propio Derecho y la academia imponen?
Con esas tres coordenadas, hooks, Freire y Kaba, decidí hacer algo que probablemente mis colegas de la Escuela de Derecho, y posiblemente también mis colegas de la Facultad de Ciencias Sociales, podrían considerar poco riguroso: les pedí a mis estudiantes de Teoría del Derecho que dejaran de teorizar solo desde el canon y empezaran a teorizar desde la comunidad.
Así que el primer semestre 2025-2026 fue un proyecto colectivo de investigación-acción: co-creamos una guía de apoyo mutuo para estudiantes en Río Piedras. Lo que resultó de ese proceso es lo que hoy les presento: la Cartografía del Cuidado: Brújula Estudiantil de Apoyo Mutuo. Por cuestiones de tiempo, voy a detenerme en la metodología y en los retos que implica.
Es un reto primero, porque requiere salir del salón. En este caso, se caminó, se habló con otres estudiantes, con vecines, se mapearon, literalmente, las calles con poca iluminación, se identificaron los problemas recurrentes en hospedajes, las paradas de guagua, las barreras de accesibilidad en edificios y en el propio campus. Ese mapeo no fue un ejercicio decorativo: fue una forma de teorizar. Porque cuando caminas la Ponce De León a las nueve de la noche y ves que tres de cada cinco postes de luz están apagados o casi no alumbran, y luego vuelves al salón y lees que la Constitución dispone que “no podrá establecerse discrimen alguno por motivo de raza, color, sexo, nacimiento, origen o condición social, ni ideas políticas o religiosas”, algo se agrieta. Y de esa grieta nace la teoría. Teoría encarnada, situada, urgente.
Segundo, porque requiere trabajar colectivamente. La Guía no tiene una persona autora. Es un documento co-creado por todo el grupo. Esto no es un tema sencillo. Esto implica renunciar a ciertas comodidades docentes. Al examen tradicional, a la rúbrica predecible. Hay algo inherentemente contradictorio en enseñar teorías críticas del Derecho y administrar exámenes de manera tradicional. Por eso, hace tiempo vengo ensayando otras formas de evaluación, a falta de un término mejor. Confieso que este camino no es fácil, todo lo contrario. Requiere romper con expectativas, desaprender patrones de violencia y bregar con muchas frustraciones, propias y de les estudiantes. Mi interés no es que compitan entre elles por ser la persona más interesante en el salón, al contrario, busco promover la colaboración. Para la mayoría, socializades en el neoliberalismo individualista, colaborar y cooperar es un reto mayor. Estoy casi segura que preferirían aprender diez teorías de memoria y vaciarlas en un papel que enfrentarse a los desacuerdos y conflictos que acarrea trabajar colectivamente, no únicamente con amigues o gente que nos cae bien.
Este ejercicio significó negociar relaciones, manejo de conflictos, contenidos, discutir enfoques, decidir juntes qué incluir y qué dejar fuera. Significó también enfrentar tensiones reales: ¿qué hacemos cuando alguien desaparece? ¿repartir el trabajo es lo mismo que trabajar colectivamente? ¿Hablamos de la policía como recurso de seguridad o no? ¿Cómo identificamos negocios que pueden ser un espacio seguro? Por ejemplo, la Guía tomó una posición clara en cuanto a seguridad. La seguridad que nos interesa no es la de más patrullas ni más cámaras, sino la que se construye cuando nos organizamos para cuidarnos. Esa decisión no la tomé yo: la tomó el grupo después de semanas de lectura, debate y reflexión teórica. Ahí está Kaba, ahí está el abolicionismo, pero no impuesto desde el podio, sino procesado colectivamente a través del tallereo en el salón.
Tercero, el formato. Un fanzine, no una monografía. Esa decisión fue deliberada y sí fue mía. El fanzine tiene una tradición feminista, punk, queer, de zine culture que importa: es reproducible, accesible, no requiere acceso a bases de datos ni suscripciones. Se puede imprimir en cualquier fotocopiadora o printer y repartirse en cualquier sitio. Se puede escanear un QR code y acceder al mapa interactivo desde el celular mientras esperas la guagua o verificar el alumbrado antes de salir del recinto o del hospedaje. Eso también es una declaración teórica: el conocimiento que producimos tiene que circular fuera de los muros de la academia, o no sirve.
Y hablando de lo que sirve o no, quiero hablar de lo que no entra. De los saberes que la academia no reconoce como suficientemente teóricos. Cuando hablamos sobre sindicatos de inquilines o sobre cómo organizarse colectivamente frente a un casero abusivo, estábamos haciendo teoría del derecho. Estábamos describiendo lo que los estudios críticos del Derecho llevan décadas argumentando: que las normas no bajan desde arriba, ya listas y completas, sino que se construyen en la relación entre personas porque el Derecho ES político. Pero si le presento eso a un comité de evaluación académico y le digo que esa fue la evaluación del curso, probablemente me miren con desconfianza porque no tiene formato de artículo revisado por pares, porque no cita cincuenta fuentes en APA o Bluebook o porque parece “activismo” y no “academia”. Tampoco contaría como publicación.
Y ahí está justo lo que quiero señalar: la academia tiene un sistema de validación del conocimiento que reproduce jerarquías coloniales, patriarcales y de clase. Los saberes que vienen del cuerpo, del territorio, de la experiencia vivida, de la organización comunitaria, de las redes de cuidado entre vecines, se tratan como materia prima que necesita ser “elevada” por la teoría para que cuente. Como si la señora que lleva treinta años viviendo en Río Piedras y sabe exactamente cuándo la Policía puede aparecer a violentar a les vecines, no estuviera produciendo conocimiento. Como si les estudiantes que crearon un protocolo de acompañamiento nocturno y chats comunitarios no estuvieran teorizando sobre seguridad. Como si les estudiantes en huelga, no estuvieran teorizando sobre arreglos institucionales.
bell hooks diría que esa jerarquía entre teoría y práctica es una forma de violencia epistémica. Freire diría que es educación bancaria disfrazada de rigor. Yo digo que es un engaño: nos enseñan que el Derecho protege pero luego el Derecho no te protege de un casero que entra a tu hospedaje cuando le da la gana, ni de un depósito que nunca te devuelven, ni de una calle sin luz donde caminas con miedo todas las noches. Ahí decimos “el sistema no funciona” y pasamos por alto que sí funciona, y funciona muy bien para cumplir con los objetivos para los cuales fue diseñado. Por eso, imaginar y ensayar otras formas de vivir desde esos saberes, también es teoría.
La Guía tiene una frase que para mí condensa todo el proyecto: “Cambiar bombillas es más efectivo y menos violento que llenar la comunidad de patrullas. Esa es una decisión política, no solo técnica.” Ahí está la teoría. Ahí está el abolicionismo hecho pedagogía. Ahí está la respuesta a la pregunta de cómo enseñar Derecho sin reproducir la violencia del Derecho.
Porque la Guía no dice “no salgas de noche” ni que su protección depende de la policía. Propone redes de acompañamiento, mapas de iluminación, puntos de refugio en comercios aliados, chats comunitarios, sindicatos de inquilines, herramientas de documentación, fondos solidarios. Propone que la seguridad se co-construye, que el derecho a la vivienda se defiende colectivamente, que la accesibilidad no es un favor sino una exigencia. Y todo eso lo hace desde un marco teórico explícito, solo que el marco no se queda en la bibliografía: se traduce en herramientas concretas para la vida. Insisto, imaginar otro futuro posible ES teoría.
Finalmente, quiero cerrar con algo que está en la última página de la Guía:
“Ojalá uses esta Guía como excusa para hablar más con tus vecines, con la gente en el Centro, con quienes comparten ruta, con quien se sienta a tu lado en clase. Preguntar qué necesitan, qué les da miedo, qué les sostiene. Cada vez que abrimos esa conversación, estamos imaginando y ensayando otras formas de hacer comunidad y de hacer Derecho.”
Eso, para mí, es una educación transformadora. No es un examen que se olvida al otro día. No es una nota que se registra. Es una invitación a seguir imaginando. A usar la teoría como una herramienta para defendernos, apoyarnos y crear juntes otras formas de vivir.
Y ahora sí, por último, la Guía tiene una versión en línea con el mapa interactivo en bit.ly/apoyomutuorp y una versión imprimible disponible en rabiosamedea.com. Si la teoría no nos ayuda a cambiar cómo habitamos nuestros territorios, se queda coja. Como diría bell hooks: la teoría como práctica de sanación y liberación colectiva.
Gracias.



