ARGENTINA BAJO DISPUTA · Tercera Entrega
La alegría también está en disputa No le voy a regalar mi alegría a la ultraderecha. Tampoco voy a pedir permiso para sentirla.
Hace unos días alguien me escribió que no le iba a Argentina porque hoy es “la vanguardia fascista”. Varios mensajes después dijo que Argentina era “vanguardia nazi”. No es un troll. Es alguien a quien aprecio y respeto, y estoy segura de que coincidimos políticamente en más asuntos de los que diferimos.
El comentario me incomodó. Me parecía hiperbólico, pero había algo más que todavía no lograba poner en palabras. Días después me encontré con un colega argentino y con su compañera. Los abracé. De camino a casa entendí un poco mejor lo que me molestaba: aquel encuentro también era Argentina y no tenía nada que ver con Milei. ¿Por qué iba a aceptar que un gobierno pudiera ocupar el país entero? No solo el Estado y sus instituciones, también la camiseta, la selección, la pertenencia y cualquier alegría vinculada al lugar donde nací.
El domingo Argentina juega la final del Mundial contra España. Por supuesto que quiero que gane. Me encantaría gritar la cuarta y ver a Messi levantar otra copa. No voy a fingir demencia ni a hacerme la diferente para demostrar que sigo siendo suficientemente anarca, feminista, abolicionista, de izquierdas o propalestina.
Escribo antes del partido porque no quiero acomodar el argumento al resultado. Todavía no sabemos qué va a pasar en la cancha. Tal vez salte, sienta bronca o termine triste. La disputa por el significado de lo que sintamos, en cambio, ya empezó. Están quienes imaginan una victoria como confirmación de la grandeza nacional y quienes rechazan a la selección porque Milei gobierna. Hay otres, como yo, que sentimos que alentar a Argentina exige demasiadas explicaciones. No digo que el fútbol pueda o deba mantenerse a salvo de la política. Nunca lo ha estado. Me interesa pensar qué hacemos con una alegría popular cuando distintas fuerzas intentan decidir qué significa.
Milei gobierna Argentina, pero no puede contenerla. Entiendo perfectamente que alguien decida no alentarla y prefiera a España o a cualquier otro equipo. Los afectos no se ordenan y nadie tiene la obligación de querer a una selección. Lo que me incomoda es que esa decisión se convierta en un juicio sobre les demás, como si rechazar a Milei y a la ultraderecha exigiera retirarse de todo aquello que él intenta representar.
Soy anarca. No reconozco al Estado ni a quien ocupa la presidencia la facultad de encarnar por completo a un pueblo. Milei puede hablar desde la Casa Rosada, administrar el país, firmar decretos, transformar para mal la vida de millones de personas y funcionar como referente de la ultraderecha latinoamericana. Eso no lo vuelve dueño de todas las historias, vínculos y formas de pertenencia que existen dentro y fuera del territorio argentino.
Argentina también está hecha por quienes enfrentan sus políticas, sostienen comedores, defienden servicios públicos y organizan cuidados mientras el gobierno insiste en que cada cual debe salvarse por su cuenta. Está en los movimientos feministas, en las organizaciones de derechos humanos, en los clubes de barrio, en las personas jubiladas que protestan y en las comunidades que siguen inventando maneras de vivir juntas bajo el ajuste.
También está fuera del país.Soy migrante argentina y vivo en Puerto Rico desde hace más de dos décadas. La distancia no dejó mi relación con Argentina congelada en el momento en que me fui. Aparece en mi acento, en los vínculos que mantengo y en los mensajes que llegan durante un partido. Veo los partidos de la selección sola y siempre uso la camiseta, por cábala. También obligo, literalmente, a Dante a usarla, aunque este año se la haya puesto solo. Tomo mate antes del partido y hago asado después, si ganan. Mi hermano me cuenta que vio el partido contra Egipto en el bar de la esquina y eso me mueve un montón de cosas. Durante unos días, la distancia deja de sentirse como una explicación pendiente. No necesito que el Estado certifique esa pertenencia que aflora durante el Mundial. Mucho menos voy a aceptar que el gobierno de turno se adueñe de ella.
La ultraderecha afirma que Milei encarna a la Argentina verdadera. Parte de sus críticos acepta la misma equivalencia para repudiar todo lo argentino. El efecto es parecido: el país queda encerrado dentro de una sola persona y Milei recibe la bandera, la selección y el poder de decidir qué significa cualquier vínculo con el lugar donde nací. No se lo voy a conceder.
No estoy defendiendo una emoción privada, pura y situada fuera de las relaciones de poder. La alegría colectiva ya es política cuando altera el ritmo de un país, llena las plazas o reúne frente a una pantalla a personas que quizá no comparten casi nada más. También lo es para quienes vivimos lejos y encontramos, durante unos días, una conversación común con el lugar del que nos fuimos.
En esos espacios, físicos o simbólicos, aparece un nosotres. Es inestable, conflictivo y puede desaparecer apenas termina el partido. Aun así, sigue siendo una experiencia de pertenencia. A veces, durante un partido, reaparece con una claridad extraña la certeza de saber de dónde soy. Eso no vuelve emancipadora a cualquier multitud. En la celebración circulan racismo, misoginia, homofobia, nacionalismo, machismo y violencia. Las canciones de cancha reúnen a algunas personas mientras expulsan a otras. La idea de nación acerca y también extranjeriza.
La primera entrega de esta serie nació de negarme a tratar la selección como una representación transparente de Argentina, a defender el mito de un país blanco o a negar el racismo estructural para proteger mi deseo de que Argentina ganara. No necesito idealizar a la multitud para defender mi derecho a estar en ella.
El Mundial que vemos está organizado por la FIFA y comercializado mediante derechos de transmisión, patrocinios y plataformas. La camiseta es un símbolo afectivo, pero también un producto. La celebración no surge en un exterior puro donde el mercado, el Estado y la nación no tienen nada que ver. Ahora bien, las instituciones tampoco producen por sí solas todo lo que ocurre entre las personas. Una conversación familiar durante el partido tiene una historia que desborda el espectáculo que la hizo posible. Lo mismo ocurre con una cábala, un recuerdo o ese mensaje de mi hermano desde el bar de la esquina. La dimensión política de la alegría no está en su supuesta inocencia, sino en la posibilidad de disputar qué relaciones, memorias y formas de comunidad se vuelven visibles cuando celebramos.
El 9 de julio, durante el tedeum por el Día de la Independencia, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, terminó su homilía con unas palabras de Messi. Milei y otros altos funcionarios estaban sentados frente a él. Cuando escribí el primer borrador de este ensayo, la cita había quedado aislada porque solo había leído la noticia y visto un clip. Parecía una incorporación sencilla de la voz del capitán a un ritual estatal y religioso sobre la unidad nacional. Por eso decidí ver la homilía completa.
García Cuerva partió de la parábola del Buen Samaritano. Nombró a personas enfermas, jubiladas, desocupadas y con discapacidad, así como a jóvenes atrapades por las redes del narcotráfico. Cuestionó la indiferencia, el individualismo, la competencia por el protagonismo y la mezquindad política. También habló de justicia social, honestidad y de la responsabilidad de no abandonar a quienes quedan heridos en el camino. Cuando estaba terminando, citó a Messi: “el mérito es de este grupo, que está por encima de las individualidades”.
El recorte me había hecho repetir el problema que las dos entregas anteriores intentaban examinar. En la primera discutí el salto que convierte once cuerpos en explicación total de la estructura racial de un país. En la segunda me pregunté cuándo una sucesión de jugadas empieza a sentirse como prueba visible de la intención de la FIFA. Esta vez, una sola frase había empezado a explicar toda una intervención.
Vista completa, la homilía difícilmente puede reducirse a un homenaje al gobierno. Funcionó, más bien, como una disputa frente a Milei sobre el significado de la unidad, la responsabilidad y el cuidado.
No necesito compartir la doctrina de la Iglesia ni suspender mi crítica a una institución profundamente jerárquica para reconocer lo que ocurrió. García Cuerva utilizó el lenguaje del equipo contra la fantasía individualista. La unidad que propuso no exigía obedecer al presidente ni ignorar el conflicto social. Obligaba a mirar a quienes habían quedado al costado del camino.
La palabra “unidad” puede pedir silencio, pero también puede nombrar la conciencia de que nadie se salva solo. Su sentido depende del contexto, de las personas incluidas y de las obligaciones que se derivan de ella. Lo mismo ocurre con la alegría: no llega con una interpretación cerrada.
El abolicionismo me ha enseñado que apostar a lo común no significa imaginar una comunidad sin conflicto. Empieza en una constatación menos romántica: dependemos de otras personas. La vida necesita trabajos de cuidado, vínculos, conocimientos, servicios e infraestructuras que nadie produce por sí sole. Esa dependencia no es una falla individual. Es una condición básica de nuestra supervivencia.
El gobierno de Milei ha convertido el ajuste y la autosuficiencia en principios morales. Durante 2026, organizaciones que prestan servicios terapéuticos y educativos a personas con discapacidad denunciaron pagos congelados, reducción de actividades y riesgos de cierre. Para quienes dependen de esos espacios, la discusión presupuestaria puede significar perder tratamientos, transporte, rutinas y vínculos esenciales.
Por eso el Buen Samaritano de la homilía no era una metáfora separada de la coyuntura. Tocaba una disputa material sobre qué vidas se sostienen y cuáles pueden tratarse como prescindibles.
Pienso esa interdependencia desde una política feminista y abolicionista que no separa el cuidado de las condiciones que lo hacen posible. Creo que el único Estado bueno es el que no existe y, precisamente por eso, distingo entre el Estado y lo común. Sería absurdo negar que los presupuestos y las decisiones institucionales pueden sostener vidas o dejarlas a la intemperie.
Desde ahí me importa la alegría. No porque un gol resuelva la precariedad ni porque una copa detenga el ajuste. Me importa porque una política que solo conoce la denuncia, la emergencia y el dolor termina aceptando que el poder administre también el horizonte de lo que podemos sentir. El descanso, el placer y la celebración no son premios reservados para después de ganar todas las luchas. Son parte de la vida que intentamos defender ahora.
Durante un partido, una multitud espera junta, se desespera y se afecta sin compartir necesariamente una ideología. Ese encuentro puede durar poco, ser excluyente y dejar demasiadas cosas sin resolver. Aun así, existe. La derecha entiende su potencia y por eso intenta hablar en su nombre. Abandonar ese terreno no impide la apropiación; facilita que otras voces se presenten como sus únicas intérpretes.
Hay razones políticas para desconfiar del nacionalismo, de las celebraciones deportivas y de la facilidad con la que un gobierno se acerca a una victoria que no produjo. También hay razones para señalar el racismo, la homofobia y las masculinidades violentas que circulan en el fútbol. Una persona puede negarse a celebrar, participar de un boicot o alejarse de una figura pública por razones éticas. Lo que objeto es que esa decisión se utilice para dictar sentencia sobre la conciencia ajena mediante una cadena de asociaciones.
No quiero una política que examine cada deseo para decidir si está suficientemente limpio. Tampoco quiero usar el abolicionismo como excusa para eludir la responsabilidad. Cuestionar decisiones, exigir explicaciones o establecer límites no es lo mismo que organizar toda respuesta alrededor de la culpabilización, el castigo y la expulsión.
Quien no quiera alentar a Argentina no tiene que hacerlo. Rechazo que la camiseta se convierta en prueba automática de apoyo a Milei o al sionismo. Puedo gritar un gol mientras discuto el racismo estructural argentino, rechazo a la FIFA y me niego a convertir la pertenencia en obediencia nacional. Tampoco quiero usar la alegría como coartada. Querer que gane Argentina no absuelve al país de sus violencias ni vuelve inocente todo lo que ocurre alrededor del equipo. La apuesta es permanecer dentro de la contradicción sin aceptar que solo existen dos lugares posibles: adherir sin crítica o rechazar sin afecto.
En estos días apareció otra versión del mismo examen moral. Hay personas que sostienen que no se puede estar contenta por Argentina y ser propalestina. La cadena suele construirse así: Messi es sionista, Netanyahu hincha por Argentina y, por lo tanto, celebrar a la selección te coloca del lado de ellos. No voy a resolver aquí la acusación sobre Messi. Hay un sector que lo define políticamente mediante inferencias construidas a partir de asociaciones, fotografías, relaciones institucionales, apariciones públicas y silencios. Esa discusión tendrá su propia entrega y quiero trabajarla con cuidado para separar lo que puede interpretarse razonablemente de aquello que empezó a circular como un hecho después de repetirse suficientes veces. Por eso, me interesa examinar cómo construimos relatos sobre otras personas hasta convertir inferencias, asociaciones y silencios en una identidad política total.
Ahora, para este ensayo, me importa lo que esa acusación hace con los afectos de otras personas. Netanyahu dijo que hinchaba por Argentina y explicó su preferencia por la cercanía política que mantiene con Milei. Yo también quiero que gane Argentina. La coincidencia termina ahí. Mi relación con la selección viene de mi vida como migrante, de mis vínculos, de mis amistades, de mis amores y de una historia que ninguno de esos hombres produjo.
La lógica de la contaminación moral borra esas diferencias. Una acusación define por completo a Messi. Messi pasa a contener a la selección y la selección a Argentina. Después, cualquiera que se alegre por un gol queda obligada a responder por toda la cadena, dar explicaciones o recibir sermones.
Mi solidaridad con Palestina no desaparece durante un partido ni necesita demostrarse mediante el resultado deportivo que deseo. Se expresa en las posiciones que sostengo, en las voces que decido amplificar y en mi rechazo a la ocupación, el genocidio y la devastación de Gaza. Ser propalestina no es una identidad que se rompe con un gol. Es una posición política que no delego en Messi, en Netanyahu ni en quienes creen tener autoridad para certificarla desde afuera.
Puedo cuestionar las decisiones, relaciones y silencios de una figura pública sin convertir cada afecto vinculado con ella en adhesión. También puedo reservar un juicio mientras investigo mejor. No voy a comparecer ante un tribunal de pureza ideológica cada vez que una alegría mía toque algo políticamente contaminado. En este mundo quedarían muy pocas alegrías disponibles. El domingo voy a misa y después vuelvo a casa a ponerme la camiseta. No necesito resolver en este ensayo todas las contradicciones que caben entre una cosa y la otra.
No sé qué imágenes circularán después ni qué interpretaciones intentarán imponerse. Una victoria puede vivirse como orgullo nacional, negocio, revancha, pertenencia, continuidad de una historia familiar o simple felicidad deportiva. Una derrota abrirá otras narraciones. Ninguna podrá contener por completo lo que sientan millones de personas.
Eso es lo que vuelve política a la alegría: la lucha por el significado de algo vivido en común.
Quiero que gane Argentina. Lo digo sin pedir disculpas y sin convertir ese deseo en una defensa del país tal como es. Una copa no va a borrar el racismo, la desigualdad ni la violencia del proyecto político de Milei y la ultraderecha. Tampoco pienso demostrar mi rechazo a ese proyecto renunciando a todo aquello que todavía puede reunirnos y vincularnos.
No le voy a regalar mi alegría a la ultra derecha pero, sobre todo, no pienso pedir permiso para sentirla.
¡Vamos, Argentina!



