ARGENTINA BAJO DISPUTA · Segunda entrega
VARgentina: ¿Cuándo empezamos a sentir que también habíamos visto que todo estaba arreglado?
Ayer Argentina le ganó 2 a 1 a Inglaterra y pasó a la final del Mundial. Yo grité los dos goles, obviamente, pero creo que como nunca antes. Este partido tenía una carga emocional que ningún otro lleva. Además, llevaba días leyendo VARgentina. Entre los comentarios y videos que me llegaban aparecía la idea de que Inglaterra tendría que jugar contra doce, que FIFA quiere a Messi en la final o que la designación arbitral era una pieza más de un operativo que ya venía funcionando. No hice un conteo de internet ni pretendo convertir mi feed en una encuesta. Hablo de lo que yo llevaba varios días viendo mientras investigaba para escribir esta serie de ensayos.
Argentina empezó perdiendo. Enzo Fernández empató al minuto 85 y Lautaro Martínez hizo el segundo en tiempo añadido, los dos después de intervenciones decisivas de Messi. Las crónicas de Reuters y Associated Press contaron una remontada tardía, con presión argentina en los minutos finales, y no colocaron una intervención del VAR como explicación del resultado.
Las controversias anteriores siguen ahí. También las quejas de Argelia y Egipto y la discusión sobre la expulsión de Embolo frente a Suiza. Reuters recogió, además, una precisión de la exárbitra de la FIFA, Christina Unkel, que se pierde con facilidad en el ruido: no consideró particularmente malos los arbitrajes contra Argelia y Egipto, aunque sí describió una pérdida profunda de confianza pública en las personas que arbitran durante este Mundial.
Anoche me quedé pensando en la expectativa porque, como dije, además de ser un partido emocionalmente intenso en el contexto de Malvinas, también llegaba al partido esperando la próxima prueba de que el mundial está comprado. De hecho, bromeé en Facebook sobre que el triunfo de España fue una movida de la FIFA para favorecer a Argentina porque para cuando Argentina llegó a la semifinal del Mundial, la discusión sobre el arbitraje ya tenía nombre: VARgentina. La palabra viene con jugadas discutidas, reclamos de selecciones rivales y sospechas de favoritismo.
Buscando el término me encontré con vargentina.net y sentí que alguien había vuelto literal una parte de lo que llevaba días tratando de pensar. El sitio se presenta como un “tribunal del pueblo” sobre decisiones arbitrales controversiales en partidos de Argentina. Cada jugada se convierte en un Exhibit. Quien entra vota como jurado y el resultado alimenta un medidor de 0 a 10. Sus creadores aclaran que es sátira y opinión comunitaria, que no es periodismo, evidencia ni investigación y que las puntuaciones no verifican conducta indebida.
Justamente por eso me interesa. La página no pretende haber descubierto una súper conspiración secreta. Juega con una forma de organizar las sospechas que reconocemos enseguida: caso, exhibits, jurado, veredicto, puntuación. Una controversia después de otra termina reunida en un archivo que puede abrirse y recorrer. La discusión está organizada como el expediente de un caso. Eso me lleva a la primera entrega de Argentina bajo disputa.
En No voy a defender la Argentina blanca me negué a tratar una formación compuesta por jugadores percibidos como blancos como si esa imagen explicara, por sí sola, la estructura racial argentina. Por supuesto que es urgente discutir una ausencia visible. El brinco aparece cuando pretendíamos deducir de once cuerpos la historia completa de un país y, además, inventar el mecanismo que, alegadamente, produjo esa fotografía.
No sé cuántas de las personas que hoy escriben VARgentina son las mismas que hace una semana discutían el racismo argentino. No hice ni pretendo hacer ese estudio. La continuidad que veo está en la forma en que miramos. Tenemos imágenes reales, cuerpos que vemos y jugadas que ocurrieron frente a una cámara y a partir de allí pretendemos explicar algo mucho más complejo. Una formación termina explicando la composición racial de Argentina y varias decisiones favorables terminan revelando qué quiere FIFA.
Paremos acá. Las decisiones de las personas árbitras pueden estar equivocadas y, por supuesto, que Argentina puede haber sido favorecida. La FIFA también tiene una historia de corrupción que hace razonable la desconfianza. Aun así, me interesa ese instante en que una imagen deja de mostrarnos qué ocurrió y empieza a parecernos capaz de explicar por qué ocurrió.
El protocolo del VAR, que nunca hubiese imaginado que me sentaría a leer, parte de una primera decisión. La persona que arbitra y quienes le asisten deben decidir como si la asistencia de video no existiera. El VAR revisa una decisión que el árbitro ya tomó y solo puede asistir dentro de categorías específicas cuando identifica un posible “error claro y obvio” o un “incidente grave inadvertido”. Para las personas abogadas que me leen, un especie de plain error. El VAR puede recomendar una revisión pero la decisión final permanece en manos del árbitro. Acá pueden ver la amarilla inicial a Paredes y la expulsión de Embolo.
En los asuntos subjetivos, el protocolo contempla la revisión en el campo para que la propia persona que arbitra vuelva a mirar las imágenes antes de decidir. Ahí es donde se me complica la aparente sencillez de la regla. Una segunda mirada tiene que evaluar si la primera apreciación cruzó la línea de lo discutible a lo claramente equivocado, incluso cuando la materia todavía depende de la apreciación humana.
¿Cuánta discrepancia cabe dentro de una decisión razonable antes de cruzar ese umbral? ¿En qué momento interpretar un contacto de manera distinta deja de ser una diferencia entre personas que arbitran y se convierte en un error “claro y obvio”? El protocolo fija el umbral, pero son seres humanos quienes siguen decidiendo cuándo se cruza la raya. Eso no vuelve inútil al VAR porque una cámara puede mostrar un contacto que quien arbitra no vio, ubicar una infracción dentro o fuera del área o precisar la posición de un jugador. Más información, sin embargo, no borra por arte de magia la interpretación.
El propio protocolo distingue la forma en que deben usarse las repeticiones. En general, la cámara lenta sirve para establecer hechos como la posición o el punto de contacto; la velocidad normal debe emplearse para evaluar la intensidad de una infracción. Si la persona que arbitra va al monitor, el VAR selecciona inicialmente el mejor ángulo y la velocidad de la repetición, aunque el árbitro puede pedir otros.
Una imagen congelada puede ubicar exactamente un pie y decir poco sobre la fuerza del movimiento que lo llevó hasta allí. La cámara lenta puede revelar un contacto difícil de percibir en vivo y, al mismo tiempo, alargar una acción que ocurrió en una fracción de segundo. El zoom ofrece precisión sobre una parte del cuerpo mientras expulsa del cuadro otra información. Las cámaras no necesitan mentir para complicar lo que vemos. Mirar una jugada siempre supone buscar algo: el punto de contacto, la intensidad, la posición, una posible mano. La respuesta depende, en parte, de cuál era la pregunta cuando se escogió el ángulo y la velocidad.
Desde afuera, además, recibimos la decisión rodeada de una infraestructura técnica que le da una apariencia distinta, casi distópica. Hay monitores, múltiples cámaras, oficiales especializados, repeticiones y una sala de operaciones de video. IFAB no promete un fútbol completamente objetivo. Su propio protocolo demuestra lo contrario. Pero una decisión rodeada de toda esa tecnología se siente diferente de la vieja imagen del árbitro decidiendo desde la cancha, por ejemplo la mano de Dios de México 86. Quizás por eso el desacuerdo molesta tanto. Antes podíamos decir que el árbitro no vio, miro para otro lado o se hizo el loco. Ahora sabemos que hubo posibilidades de mirar, detener, repetir y comparar. Cuando la decisión todavía nos parece absurda, el error empieza a sentirse como algo sospechoso.
TikTok explica que las interacciones de una persona ayudan a moldear las recomendaciones de su For You feed. Likes, comentarios, repeticiones, las cuentas que sigues y otras señales intervienen en un sistema que intenta aprender intereses y ofrecer contenido relevante. La propia empresa reconoce un riesgo de los motores de recomendación: al optimizar la personalización y relevancia pueden producir una corriente cada vez más homogénea de videos. Meta describe una lógica semejante en términos generales. Sus sistemas hacen predicciones sobre la relevancia de una publicación y utilizan señales de conducta, IA y retroalimentación para ordenar Feed, Reels y otro contenido.
No sabemos exactamente por qué cada video aparece en la pantalla de cada persona, y sería irresponsable afirmar que una plataforma sabe que “pienso que Argentina roba” y por eso me enseña videos de Argentina robando. Los modelos son más complejos que la caricatura de mirar un video y recibir cien iguales. Lo que sí estas compañías nos dejan saber es que nuestra conducta produce señales y que esas señales participan en la distribución de lo que vemos después.
La investigación independiente añade cautelas y algunos hallazgos útiles. Una auditoría experimental de 2025 encontró amplificación rápida de contenido alineado con los intereses señalados por cuentas controladas y una reducción gradual de diversidad a medida que aumentaba esa amplificación. Otra auditoría prepublicada en 2026 encontró trayectorias de personalización y refuerzo que variaban según el tema. Al mismo tiempo, Mosnar y colegas advirtieron que este tipo de auditorías enfrenta problemas de reproducibilidad y validez temporal porque las plataformas y el ecosistema de contenido cambian continuamente. Podríamos decir que los sistemas de recomendación pueden cambiar la distribución de aquello que encontramos repetidamente y esa distribución forma parte del entorno desde el cual hacemos inferencias.
Scrolleando encuentro una jugada y la veo. Miro la repetición, leo los comentarios, vuelvo atrás para ver el contacto o la alegada falta y quizás envío el video con un “mirá la estupidez que están diciendo”. Después me aparece en el feed otra jugada. Más tarde, un compilado de Qatar 2022. Al otro día, un video sobre Infantino, una comparación entre dos penales y una estadística cuyo origen no sé de dónde sale pero como no soy experta en fútbol me detengo ahí. Al tercer día mi experiencia ya no se parece necesariamente a haber consumido una serie de contenidos seleccionados por distintes creadores y sistemas de recomendación. Se parece a haber acumulado una cantidad enorme de evidencia en contra de Argentina.
Las jugadas pueden ser reales como la expulsión de Embolo. La revisión también se dio. Durante el mundial Argentina recibió decisiones favorables y hubo equipos rivales que protestaron públicamente. El sistema de recomendación puede acercar temporalmente fragmentos relacionados con un tema sobre el que ya di señales de interés. Lo que pasó en partidos distintos llega a mi pantalla durante una misma hora. La distancia se achica y la repetición empieza a sentirse como acumulación. De ahí puede surgir una pregunta razonable: ¿hay un patrón?
Después aparecen respuestas, explicaciones y análisis junto a las imágenes. “FIFA quiere a Messi campeón”. “Siempre ayudan a Argentina”. “Esto ya no puede ser casualidad”. El video muestra una decisión arbitral y la narración le atribuye una intención. La próxima jugada llega cuando esa explicación ya está disponible y puede parecer que la confirma. El algoritmo no necesita creer en VARgentina. El relato lo cerramos nosotres.
Por eso vargentina.net me resulta tan útil como objeto cultural. El sitio convierte cada controversia en exhibits, los exhibits en un case file y la opinión acumulada en una puntuación. Quienes crearon la página advierten que el medidor registra cómo se sienten los fanáticos, no conducta indebida que se haya corroborado. La estética, sin embargo, vuelve visible una operación que en el feed ocurre de forma mucho más dispersa. En el caso de VARgentina esa información dispersa se traduce en una sospecha que tiene un case file que va por el Exhibit S al momento de cerrar este ensayo.
Diez cuentas distintas pueden publicar diez videos sobre VARgentina y producir la impresión de diez confirmaciones independientes. Quizás cinco usan el mismo clip, tres repiten una afirmación salida de una sola cuenta y dos comparan la jugada con una estadística cuyo origen nadie sabe de dónde salió. La cantidad de publicaciones no equivale a la cantidad de fuentes. Una afirmación repetida por cien cuentas se percibe distinta de una afirmación dicha una sola vez, aunque las cien dependan del mismo video o del mismo dato original. La recomendación personalizada puede, además, hacer que esas publicaciones ocupen una parte enorme de la experiencia del torneo.
Pero la viralidad no es corroboración. De momento, al tercer día una siente que vio muchos videos sobre una acusación y, también, muchas pruebas de la acusación. Vuelve entonces la inquietud de la primera entrega: lo que se ve es importante pero todavía necesitamos preguntarnos qué puede explicar.
No afirmo que la narrativa “Argentina es racista” haya causado la narrativa “Argentina roba”. Tampoco sé si son las mismas personas las que producen ambas. Sí sé que ninguna imagen llega a nosotres sin una historia previa. En la primera entrega discutí la facilidad con la que una historia real de racismo estructural y blanqueamiento puede comprimirse hasta convertirse en la esencia moral de toda una población. Esa operación borra diferencias y transforma estructuras en personalidad nacional.
Argentina también circula mediante relatos sobre arrogancia, europeización, sionismo, trampas y favoritismo. No forman necesariamente una sola campaña ni son todos falsos. Están disponibles cuando una imagen ambigua necesita explicación. Una decisión favorece a Argentina y se instaura la narrativa de que “siempre roban”; el clip se apoya, entonces, en una historia que empezó antes de la jugada que dio origen a la decisión.
Lo que quiero decir es que que Argentina tenga una historia de racismo no me dice qué ocurrió en el VAR. Que haya hinchas racistas no explica por qué un árbitro cambió una decisión. Una jugada favorable tampoco me permite entrar en la cabeza de Infantino. Esos hechos pueden coexistir sin explicarse automáticamente entre sí. Los relatos tienen memoria y la próxima jugada nunca llega a una página en blanco. Si no me creen, vean los comentarios en vargentina.net sobre el partido Argentina-Inglaterra.
En 2015, el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusó a funcionarios de la FIFA por una trama de fraude, sobornos y lavado de dinero que, según la acusación, involucró más de 150 millones de dólares en pagos y acuerdos de pago ilegales. Buena parte de los esquemas descritos estaba relacionada con derechos comerciales y de mercadeo, además de otros procesos institucionales concretos. Ese mismo día también se hicieron públicas varias alegaciones de culpabilidad.
El FIFA Gate no demostró que la FIFA manipule partidos para Argentina. Utilizarlo como prueba de VARgentina sería pedirle a un hecho que demuestre otro. Su historia, de todas maneras, modifica el horizonte de lo plausible. La sospecha no nace frente a una institución con un archivo impecable.
Litigar, sobre todo en casos de violencia de género, me enseñó hace mucho que “no se puede demostrar” y “no ocurrió” son afirmaciones distintas. Las instituciones no siempre documentan aquello que las compromete, es difícil que algo ilegal esté en una minuta y las personas que tienen información pueden quedarse callades. No sé si este Mundial está arreglado, pienso que no, mi corazón dice que no, pero no voy a ser yo quien transforme esa incertidumbre en una defensa de la FIFA.
Puede haber favoritismo o puede existir una coordinación que hoy desconocemos, quién sabe. Mañana podría aparecer una comunicación, una persona testigo o un dato que cambie radicalmente lo que sabemos. Mi feed, sin embargo, tampoco estuvo en la sala del VAR. Las repeticiones pueden mostrar el momento en que un árbitro cambia una decisión. No pueden mostrar una intención institucional que no aparece dentro de las imágenes. Después de varias horas mirando VARgentina, esa intención puede empezar a sentirse visible.
Quiero entender cómo ocurre esa sensación sin convertir el asunto en una prueba de inteligencia individual. No existe una persona ideológicamente pura fuera de la tecnología evaluando evidencia absolutamente limpia. La persona que arbitró decidió desde la cancha, el VAR escogió ángulos y velocidades para la revisión y les creadores de contenido seleccionaron el fragmento que publicaron y escribieron un texto encima. Las redes sociales ordenaron lo que apareció después utilizando las señales sobre nuestra conducta. Llegaste con una historia previa sobre la FIFA, Messi y Argentina, comentaste, compartiste y seguiste mirando.
Estamos dentro de esa forma contemporánea de ver. En la primera entrega de Argentina bajo disputa me negué a mirar una formación y fingir que eso explicaba las lógicas raciales de mi país. Los cuerpos importan demasiado para convertirlos en una explicación fácil.
Esta vez son jugadas. No quiero mirar cinco clips y fingir que pude ver la intención de la FIFA de favorecer a Messi porque es su último mundial o no verla porque es el país donde nací. Mi desconfianza hacia la FIFA me exige hacer más preguntas, no menos. Quiero saber por qué una intervención cruzó la línea del “error claro y obvio” y otra no. Quiero comparar decisiones semejantes sin escoger de antemano solo las que favorecieron a Argentina. Quiero saber de dónde salió una estadística antes de verla repetida por cincuenta cuentas y cuántas de esas cuentas dependen de la misma fuente.
Puede haber una trama. Que yo no pueda demostrarla hoy no significa que no haya ocurrido. Pero antes de decir que ya la vi, quiero detenerme en algo que el feed hace muy bien: poner la próxima imagen frente a mí justo cuando ya tengo una historia capaz de explicarla. Vimos las jugadas. ¿En qué momento sentimos que vimos la intención? Quizás ahí, entre la repetición del VAR y el próximo video que aparece en mi pantalla, haya algo que disputar sobre cómo estamos aprendiendo a conocer el poder.
Voy a la final con la camiseta puesta porque, si hay algo que quiero, es que gane Argentina. ¡Nos vemos en la final!



